• relatos de ácaros encontrados

 

.la otra parte.

(...) Al mirar a mi alrededor divisé a un viejo conocido, el profesor Korntheur. Elegantemente vestido con un chaleco de seda clara y una corbata que le llegaba hasta la barbilla, el anciano señor estaba sentado en una especie de hornacina lateral, y tenía en la mesa una botella de borgoña. Me levanté y fui a saludarle. Él hizo un gesto alegre y festivo y me ofreció una silla.

- Sólo un instante -dije, y me senté-. ¿Qué nuevas cosas buenas le han sucedido?

-¡Oh, algo que usted ni se imagina, mi querido señor! Por fin la tengo, ahora es toda mía, ¡hoy es un gran día! -Sus ojos bondadosos se iluminaron en un repentino éxtasis-. He pasado diez largos años buscándola y al fin la encuentro. ¡No se imagina lo que esto puede significar para un hombre ya viejo!
¡Son cosas que rejuvenecen! Se siente un nuevo soplo de vida que anima los achacosos miembros. Nunca más me separaré de Acarina Felicitas.

Le felicité. ¿Un segundo renuevo? -pensé-, jamás hubiera supuesto algo así en un caballero tan venerable. ¿Será acaso alguna cantante de variedades?
¿Por qué no?, puede haber algunas muy simpáticas.

-¿Y por qué no la ha traído con usted? -le pregunté, compadeciendo al anciano en mi interior. Seguro que lo estará arruinando, pensé.

-Pero si la tengo aquí -exclamó con gran entusiasmo a la vez que sacaba del bolsillo de su levita una cajita envuelta en papel plateado.

¿Una fotografía, algún medallón? Por favor, permítame mirar -le rogué.

-No, es mi adorada Acarina felicitas en persona. ¡Ahí la tiene, en el rincón!

Y efectivamente, en la cajita pude ver un insecto pequeño y de color grisáceo: el condenado ácaro del polvo. Entonces comprendí (en la casa de mis padres hay muchas habitaciones).

Cuando nos marchamos pregunté al hotelero qué habían decidido en la pieza contigua entre tanta algazara.

-Sí, se lo puedo decir ahora mismo -replicó en tono misterioso-, hoy se funda la asociación de Lucifer.

Castringius, que había bebido varias copas más de la cuenta, quería llevarnos a toda costa a casa de Madame Adrienne. Nosotros nos negamos.

-Entonces el artista irá solo -dijo y, volteando hacia fuera el forro de su levita color café, se alejó con un aire entre grave y satisfecho. Sus últimas palabras fueron:-¡Buenas noches, pequeños!


(DIE ANDERE SEITE, "LA OTRA PARTE", una novela
fantástica. ALFRED KUBIN, ediciones minotauro, 2003)

dibus carmen burguess
dibus carmen burguess

 

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